Opinar sin conceptos

El enemigo número uno para el pensamiento es la opinión, que no obstante pretendía protegernos del caos. El pensamiento necesita conceptos para pensar. La opinión es de otra naturaleza y puede reproducirse al infinito, concatenándose sin alcanzar jamás una mínima consistencia, chocando con otras infinitas opiniones. Los conceptos de las cosas, en cambio, son irrefutables. Y sólo pueden ser superados o reemplazados por otro concepto. Es como sucede en la ciencia: a nadie se le ocurre ponerse a “opinar” sobre triángulos sino partiendo del concepto de triángulo. De hecho sólo las discusiones bajo un mismo concepto tienen algún sentido o interés. Los intercambios de opiniones son mayormente catastróficos porque esconden en el fondo una verdad dolorosa: no están partiendo de los mismos conceptos de las cosas y todo deviene una charla de locos, sin sentido, sin profundidad ni consistencia alguna. Es como cuando charlamos sobre la existencia de dios: se parte del mismo concepto de dios? La TV es el reino de la opinión. En el mundo de la opinión nadie se hace esas preguntas de base y las discusiones se tornan vanas, inútiles e improductivas porque no tienen fondo; se trata de construcciones en el aire destinadas a desvanecerse al instante.

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