El mayor anhelo que puede habitar el alma de un artista es la continuidad; contrario a lo que pudiera suponerse no es la fama, ni el dinero, ni la popularidad. Nos referimos tanto a la continuidad en la inspiración y en las fuerzas creativas propias como en el incentivo y la motivación que pueda despertar en otro artista.
Algunos músicos dan clases, asegurándose un doble ejercicio de trabajo e inspiración con semillas esparcidas en la tierra del azar. Otros han persistido en una sobria línea de producción en la que sólo el estilo brilla y crece más allá de la persona (aún cuando esto implique sacrificar en parte la salud) como un bosque maduro donde coexisten fauna y flora variadas, en sí bien determinadas.
Paulatinamente el estilo y el anhelo de una continuidad se transforman en el motor de la vida de todo arte-sano.
Con algo de esa naturaleza me encontré desde muy joven al tener mis primeros discos de Litto Nebbia o al asistir a sus conciertos, donde: la interpretación es juego (el niño) la melodía es el canto que tranquiliza o acompaña (la mujer) y la armonía, la tierra movediza, nómada (la aventura, el cambio, el peligro).
Actualmente paso mis días entre canciones e instrumentos. Gracias a ello he querido perder el límite entre lo que es armonía y estilo. Existe una armonía entre la melodía y los acordes. Entre lo dicho y lo que se calla, entre lo que se canta y lo que se dice. Existe entre las palabras y el color de la voz. Lo que se da entre las cosas
Lo percibimos cuando interpretamos una canción que nos agrada y notamos que, aunque conservamos los acordes originales, el efecto que produce en nosotros no es el mismo. Porque hay muchas otras armonías poniéndose en juego cada vez y así ¡todo cambia!
Quien haya paseado por el túnel de la música de Litto Nebbia vivió la sensación de esas armonías con un estilo claro, sobrio y duradero. Sensación que ya se degustaba en el sabor distintivo de sus primeras composiciones junto a Los Gatos.
Hablamos de un compositor de música popular (y no populista) que pergeña su obra en función de esa vitalidad. No sólo en función de acordes que se abren y se bifurcan mas allá de lo establecido, sino de esa fe en la armonía que existe entre las cosas (como entre amigos) para que estas puedan ser, perdurar, transmitir. Es su canto, su juego vocal, el matiz de su voz. Es la manera de llevar el tempo con la mano izquierda en el piano o con su derecha en la guitarra, hasta lograr una percusión y un acompañamiento rítmico original. Es su modo de utilizar vocablos ya no inusuales, sino hasta diría inusables de la lengua castellana, dotándolos de una sonoridad que modula el sentido y la dicción de aquellas palabras.
Sería una tarea extensa clasificar y distinguir todas las cualidades de su flora y fauna musical, a la vez tan definidas gracias a esa extraña clase de sobriedad y vuelo artístico ; más allá de todo éxito, de toda difusión y del reconocimiento obtenido.
Los Gatos, además de haber sido el conjunto musical donde Nebbia comenzó a desarrollar su música, fue una de las primeras bandas en hacer realidad un despliegue cultural alternativo en nuestro país y en crear ese movimiento llamado rock argentino, que desde entonces aúna existencialmente a miles y miles de jóvenes. Es bueno recordar hoy, el aspecto estrictamente musical de este autor y de esos comienzos lejanos, porque nos permitirá en algún momento compararlo con la actualidad y con los recientes proyectos locales que promocionan los medios masivos de comunicación que parecieran carecer en su genealogía de los frutos y las semillas de aquellos esfuerzos y gozos armoniosos. Una vez más, saber de dónde venimos para poder imaginar y trabajar en dirección a nuestros sueños.
En la ininterrumpible búsqueda de nuevas armonías.
Gonzalo Aloras
6 de abril del 2007
