Las canciones (famosas o no, buenas o mediocres) nacen gracias a un contexto y un paisaje epocal que las posibilita. Songs in the key of life de Stevie Wonder se grabó durante dos años y se publicó en 1976 gracias a un contrato de 13 millones de dólares con la compañía discográfica. La composición de las canciones e incluso el propio estilo del artista también se dio gracias a otra serie de agenciamientos que superan ampliamente las posibilidades individuales y el talento personal.
Esto es claro cuando se piensan los géneros musicales. Nadie inventa el soul o el funk; se trata de agenciamientos epocales, movimientos sociales y culturales en un momento determinado del mundo.
Las innovaciones, las revoluciones, aunque sean moleculares o artísticas, son colectivas. Pero seguimos siendo educados para pensar la vida de modo capitalista, es decir, estrictamente personal, con ídolos y líderes a quienes seguir.
Si la época es poco fértil y el ritmo envasado, si sentimos sequías de afecto, la música nueva no ha de llegar. O en cuenta gotas, lo cual es ciertamente trágico.
La pre producción de un disco hay que hacerla transformando primero el clima, el ambiente y la onda del espacio por habitar.
Las canciones tienen esa doble función: dejan registro afectivo de una época puntual y preparan la tierra con abono para futuras siembras y cosechas aún inimaginables.
